Soliloquio de Smith a modo de prólogo

 Soliloquio de Smith a modo de prólogo

 Si soy un alma, y no un alma cualquiera, puedo decir acaso que la luna es mi

amiga. Que el perro de la esquina aúlla mi nombre por las noches. ¿No es esto lo que

todos sentimos?

 El mendigo no quiere monedas, quiere reconocimiento. Dios, el dios de todos,

quiere lo mismo que el mendigo. En un altar, en una vereda de Caballito. Limpio como

una sotana o sucio y santo como el niño que muere de hambre, cada uno de nosotros grita:

 “Acá estoy. Soy esto que sangra su alma en cada verso. En cada ocaso es el rojo

del cielo la muerte del que hoy fui. El que ya nunca nace. Nunca más sirviente de este

cuerpo. No más hojas que suenan en otoño.”

 Pero un día el Dios sucio y el Dios niño nos sorprenden. Dejan el juego de querer

y comienzan a dar. Entonces el pobre es rico en una casa de pobre. El amante acuña una

moneda, un talento. Aquel que sufre también sueña, y los que alguna vez fueron sombra

se encienden como un pájaro de fuego entre las llamas del tiempo. Para saber que el

cuerpo es también alma. Qué los viejos son sabios. Qué los mudos se entienden desde

lejos.

 La mujer hermosa llora una tempestad discreta. Bajo un pullover roto guarda su

cuerpo un desnudo de pintor. El bibliotecario mueve un libro que es todos los libros y

nadie nunca lo lee. Es aburrido, muy técnico, dice un poeta.

 Sangre de Dios en el altar del mundo, sangre del mundo en la guerra de los

hombres. Sangre de hombre en la comida de los cerdos.

 Un altar, un sacrificio. Solo yo y lo que invento en este oscuro cielo, mil estrellas

y alguien me responde. Tal vez sea yo el que no entiende. Tal vez el ignorante sea un

sabio secreto. La humildad del pájaro que canta aunque el mundo perezca. No porque

tenga esperanzas, porque su ser es su paga. Ser pájaro es su paga.

 Lo mismo digo yo: “Ser yo es mi paga.”

 Aquí comienzo esta historia diciendo: “No se pierde el tiempo. Nosotros nos

perdemos hasta que la muerte nos encuentra.”

Intro, El placer de los cerdos degollados, Alejandro G Vera

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